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Cuerpos Nuestros

Los mensajes que recibimos desde nuestra niñez, transmitidos por nuestras familias, barrios, las iglesias, etc., buscan que reproduzcamos nuestros roles y espacios femeninos tradicionales (reproducir en un sentido amplio, no limitado a la función biológica, sino abarcando todas esas labores de cuidado y atención a la familia, a la comunidad, a la sociedad, que limitan nuestra "realización" como mujeres al cumplimiento de roles tradicionales de madres, hermanas, hijas, "en la casa y con la pata rota", eternamente). La máxima expresión del control sobre las vidas de las mujeres se da en el control de nuestros cuerpos.

En nuestras familias -cuando niñas- nos alertan sobre algunas partes de el nuestros cuerpos; nos dicen que tengamos cuidado. Cuando adolescentes, la tendencia es a "presentarnos" en sociedad, pero a la vez encerrarnos en la casa, en colegios para mujeres, etc. Desde la iglesia nuestros cuerpos son responsables de la pérdida del paraíso y sólo nos reivindicamos si cual marías nos volvemos asexuadas o nos hundimos si escogemos cual evas, el placer....

Las cosas son más graves cuando se trata de nuestros cuerpos lesbianos, no sólo porque no tenemos referentes positivos - hablamos de nuestro país- sino también porque si el placer y el ejercicio de la sexualidad son difíciles para las mujeres heterosexuales, nosotras enfrentamos una doble invisibilidad, como mujeres y como lesbianas. El silencio sobre nuestra opción o la agresión opaca y oscura, requieren que construyamos no sólo nuestras propias identidades sino también nuestro derecho al placer, al afecto, a la sensualidad, que nos reapropiemos de nuestra genitalidad y de nuestro derecho a escoger con quien nos gratificamos.

La necesidad de repensar nuestra sexualidad pasa también, en consecuencia, por cambiar el modelo de construcción del sexo sustentada hasta ahora en un sistema de supremacía masculina. Si las mujeres y las lesbianas han de alcanzar su verdadera liberación ha de ser partiendo del cuestionamiento del poder sobre nuestros cuerpos y el sexo centrado en el pene y la satisfacción masculina. En este proceso las experiencias lésbicas tienen mucho que aportar al mejor conocimiento de la sexualidad femenina, pues se dan sin la presencia masculina. En un contexto androcéntrico, por ejemplo, no debe sorprendernos que el porcentaje de mujeres que llegan al orgasmo sea mucho más elevado entre lesbianas que entre mujeres heterosexuales.

El sexo se sigue considerando un asunto privado e individual, fuera de límites para el análisis político. Sin embargo, el feminismo nos abre los ojos a las conexiones entre lo privado y lo público, y en el caso de la sexualidad, las conexiones parecen evidentes. Tanto la heterosexualidad -como sistema político- como la violencia sexual -como control social- obedecen a la construcción del deseo heterosexual.

A pesar de las políticas sexuales dominantes, a lo largo de la historia, las lesbianas hemos conseguido amarnos y hacer el amor.

Las lesbianas cuando inventamos nuestra propia sexualidad no tenemos que encajar en el engranaje heterosexual debido a la visión de una sexualidad alternativa no centrada en penes, metas, cosificación, dominio y sumisión. No tenemos que estar sujetas al poderoso control sexual de la supremacía masculina que determina la configuración del placer sexual. Al no acatar eróticamente la subordinacion, nos constituimos en un peligro potencial para el sistema sexual del heteropatriarcado.

A nuestro modo de ver, la supervivencia de una comunidad fuerte, saludable y creativa requiere de la construcción de una sexualidad distinta que fortalezca nuestro orgullo lesbiano y que se desprenda de aquella sexualidad que conlleve cualquier tipo de sumision. Tenemos el potencial de desenredar los hilos que controlan nuestros cuerpos, buscar replantearlos, cambiarlos, y de esta forma, contribuiremos también a las luchas por el derecho a la autodeterminación sexual y al placer de todas las mujeres.


Revista Labia Nš 9
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